
Esta semana he estado unos días en Asturias por motivos personales. Me encanta Asturias. Todo. Pero estoy especialmente enamorado del prerrománico asturiano, ese estilo único en el mundo que los cristianos del norte peninsular pudieron desarrollar porque se libraron de la invasión musulmana. Los espacios litúrgicos que crearon ayudan aun hoy, más de mil años después, a contemplar el Misterio de manera inigualable. Es una pena que esos lugares sean ahora más museos que iglesias, pero es gracias a esto que podemos disfrutarlas hoy día restauradas y bien cuidadas.
Siempre que voy a Asturias -cosa que sucede muy poco, desgraciadamente- me gusta pararme en la iglesia de Santa Cristina de Lena. Es curioso que una cosa tan bonita esté en una de las zonas más feas del Principado: junto a la A-6 en las afueras de un pueblo minero que no hay por dónde cogerlo. Es un poco difícil llegar porque apenas está señalizada, pero la búsqueda merece la pena. La guardesa (de Patrimonio Nacional) cobra una entrada de algo más de un euro. Hay dos opciones: visitar la pequeña nave de apenas treinta metros cuadrados en un minuto o pasar un buen rato y detenerse en todos los detalles (tribuna, presbiterio, iconostasis, cancel, sogueados, capiteles, celosías…) y pasear por los alrededores. Obviamente recomiendo la segunda opción.
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