¿”ser el primero” significa “estar el primero”?

Sobre el evangelio de hoy (Domingo XXV ciclo B): Mc9, 30-37.
    Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos.
    Les decía: “El hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres

, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días, resucitará”. Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.
    Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutíais por el camino?” Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.
    Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.

El mundo de hoy tiene ansia por el ranking, el share, o la prima de riesgo. Hay que medirlo todo. Se miden el poder, el dinero, el nivel de estudios, el peso del curriculum, el número de espectadores y, por supuesto, si perteneces al primer, segundo o tercer mundo. Cuanto más tengas, más alto estás, mejor eres. Sin querer queriendo estamos metidos en una estructura en la que tu valor se mide según cuanta gente tengas por debajo. Damos más valor al primero, y se lo quitamos al último. El otro día una de las abuelis de mi parroquia me hizo un listado -con todo lujo de detalles- de sus achaques; terminó diciendo: “me consuela el que siempre haya alguien que está peor que yo”.

¿Qué persona vale más? ¿La que tiene dos masters, o la que nunca ha aprendido a leer? ¿La que está sana y en la flor de la vida o la que está enferma y en fase terminal? ¿La que ya ha nacido o la que está por nacer? Medir así el mundo nos deshumaniza. Cada persona es única y preciosa, sea como sea, sea de donde sea, sea cuando sea. No hay ni primeros ni últimos, ni mejores ni peores.

Ahora bien, no me malinterpretes. Somos iguales, pero no somos lo mismo. No podemos caer en el error de ignorar las diferencias, como aquellos que se inventaron esas ideologías igualitarias que pregonan el indiferentismo. No. Yo no soy igual que tú, ni un bebé es lo mismo que un adulto, ni una mujer es igual que un hombre, ni un matrimonio es un gaymonio.  Las diferencias existen, y son más que evidentes.

El mismo Cristo habla de “primeros” y de “últimos”. Podría haber dicho que quien quiera ser el primero está equivocado, porque todos somos igualitos y no puede haber ni primeros ni últimos. Pero no. Cristo habla de primeros y últimos. Hay quien está a la cabeza y hay quien está a los pies, cada uno según su vocación y carisma, pero todos en el mismo cuerpo (1ªCor 12, 1-31).  Hay multitud de textos evangélicos que insisten en esta idea, como la parábola de los talentos (Mt25, 14-30), o el ejemplo de los miembros de un mismo cuerpo y los carismas (Rm12, 4-8) o la enseñanza  de que todos somos administradores de la Gracia  (1ªPe, 4).

Lo que Cristo nos enseña es que la autoridad existe, y se ha ejercer en amor, humildad y servicio. Que el que está el primero ha de actuar como si fuera el último y el servidor de todos, pero no tiene que dejar de ser el primero.

Cristo mismo es el ejemplo paradigmático: Él se ha despojado de todo, se ha abajado de manera radical, se ha encarnado, pero no ha renunciado a su papel e identidad. Se ha hecho el último sin dejar de ser el primero. Así nosotros, en nuestra vocación, en nuestro puesto de trabajo, en nuestra misión, en toda nuestra vida, hemos de conducirnos con humildad y sencillez, pero con la fortaleza y la seguridad que nos da el querer hacer siempre lo mejor poniendo en juego nuestros dones y carismas recibidos del Señor, sin esconderlos por una falsa humildad.

No es lo mismo tener un jefe que sólo se codea con las altas esferas y no sale de su despacho, que tener un jefe que conoce a cada uno de sus empleados por su nombre, los tiene en cuenta, y se relaciona con naturalidad con ellos. ¿Qué jefe prefieres?

Por cierto. ¿Te acuerdas de las primeras palabras de Benedicto XVI? ¡Ésa es la actitud!:

Queridos hermanos y hermanas: después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones. En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda continua, sigamos adelante. El Señor nos ayudará y María, su santísima Madre, estará a nuestro lado. ¡Gracias!

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Neytiri dice:

    Enorabuena, un saludo y nos vemos!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s