¿Marta y/o María?

En mi oración de hoy, con la lectura evangélica que la Iglesia nos propone, me han venido a la cabeza algunas cosas que quiero escribiros por si os ayudan.

«En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. 
Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.” 
Pero el Señor le contestó: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán”. (Lc 10, 38-42)»

La conclusión más fácil (y rápida) que suele salir de este texto es la de enfrentar las actitudes de Marta y María, y trasladarlas tal cual a nuestro hoy, diciendo que “es más importante orar que trabajar” o que “es más importante Cristo que el mundo”. Pero me parece que este episodio no va por ahí, sobre todo por la evidencia de que, como cristianos, vivimos en el mundo, trabajamos en el mundo, y estamos llamados a cambiar el mundo.

Una vez aceptado esto, podemos llegar a elaborar un poquito más la enseñanza del texto, diciendo que sí, que nuestra vida, el trabajo, el mundo, son importantes, pero tienen su origen y meta, su sentido, en Cristo. Él es lo importante. Bueno. Bien. Sí, es verdad. Pero creo que tampoco va por ahí este famoso episodio.

No podemos trasladar tal cual lo sucedido en casa de Marta y María a nuestro hoy, porque hay una diferencia muy grande (no os escandalicéis): Cristo no está con nosotros. O sea, que Cristo no está con nosotros del mismo modo que estaba con Marta y María. Está, pero a la vez no está.

«Los discípulos de Juan le preguntaron: “¿Cómo es que nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no?” Jesús les contestó: “¿Acaso pueden estar de luto los invitados del novio mientras él está con ellos? Llegará el día en que se les quitará el novio; entonces sí ayunarán”. (Mt 9, 14-17)»

Por aquí van los tiros. Hoy tenemos la presencia real del Señor a través del misterio de la Eucaristía, y por medio de su presencia viva en cada uno de nosotros, en su Iglesia (en virtud del Espíritu Santo). Pero no gozamos de su presencia como la gozaron Marta y María. De hecho, estamos esperando encontrarnos con Él cara a cara, y así se lo pedimos cada día en la Eucaristía: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección ¡ven Señor Jesús!”. 

Nos parecemos más a Marta y María preparando la llegada del Señor a su casa. Yo, al menos, me veo más reflejado en esos momentos previos antes de que estuviera Cristo allí ante sus ojos. Y, cuando Cristo esté en mi casa, ya no tendrá sentido que haga de María y me ocupe en celebrar la eucaristía, organizar reuniones, ayudar a los necesitados, dar catequesis… Seguiré siendo sacerdote, pero ya no actuaré in persona Christi, porque tendré a Cristo ante mis ojos y sólo tendré que dedicarme a hacer de María: contemplar, escuchar, adorar.

Que la próxima vez que leamos este Evangelio, pidamos más fe, esperanza y caridad para preparar la llegada del Señor trabajando sin descanso por la llegada del Reino. Y así, cuando llegue, nos encuentre despiertos y vigilantes.

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