Creí que nunca vería algo así

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Esta semana he estado unos días en Asturias por motivos personales. Me encanta Asturias. Todo. Pero estoy especialmente enamorado del prerrománico asturiano, ese estilo único en el mundo que los cristianos del norte peninsular pudieron desarrollar porque se libraron de la invasión musulmana. Los espacios litúrgicos que crearon ayudan aun hoy, más de mil años después, a contemplar el Misterio de manera inigualable. Es una pena que esos lugares sean ahora más museos que iglesias, pero es gracias a esto que podemos disfrutarlas hoy día restauradas y bien cuidadas.
Siempre que voy a Asturias -cosa que sucede muy poco, desgraciadamente- me gusta pararme en la iglesia de Santa Cristina de Lena. Es curioso que una cosa tan bonita esté en una de las zonas más feas del Principado: junto a la A-6 en las afueras de un pueblo minero que no hay por dónde cogerlo. Es un poco difícil llegar porque apenas está señalizada, pero la búsqueda merece la pena. La guardesa (de Patrimonio Nacional) cobra una entrada de algo más de un euro. Hay dos opciones: visitar la pequeña nave de apenas treinta metros cuadrados en un minuto o pasar un buen rato y detenerse en todos los detalles (tribuna, presbiterio, iconostasis, cancel, sogueados, capiteles, celosías…) y pasear por los alrededores. Obviamente recomiendo la segunda opción.

20130405-192750.jpgEsta pequeña iglesia es muestra de la sensibilidad de aquel pueblo cristiano que, aunque no tenía la formación teológica que tenemos ahora, sí tenía la misa fe y sabía dedicar lo mejor a Dios, utilizando sus dones y talentos para adorarle y crear un espacio sacro que ha trascendido los siglos. Hoy nuestra iglesias suelen ser unas chapuzas confiadas a arquitectos que nunca han pisado un templo (generalizo, lo siento, pero a mi parroquia me remito) y que van a durar sólo unos pocos años. Y supongo -y esto es lo más importante- que la liturgia estaría a la altura de las circunstancias. No es que quiera ensalzar “lo antiguo” puesto que hoy tenemos otra sensibilidad y otras necesidades. Pero creo que hemos bajado demasiado el listón en muchas cosas.

¿Por qué digo todo esto? porque ayer, estando en Asturias, concelebré la Eucaristía en una iglesia decorada con un más que dudoso gusto, sucia y descuidada. No entro a juzgar eso, porque desconozco las circunstancias. Tal vez nadie se preocupe, o no haya tiempo porque el cura tiene un montón de parroquias a su cargo. Lo que de verdad me dolió fueron las aberraciones litúrgicas en las que tuve que colaborar. ¡Qué vergüenza me dio! Y, encima, como la gente ya estaba acostumbrada y, digamos, “deformada” pues fui el único que lo pasó mal.
Claro. Si los fieles no están formados en la fe ni en su celebración, entonces es lógico que la iglesia estuviera tan desastrosa. No podrían idear una santa Cristina de Lena.

El primer sitio que intenté localizar (tengo esa manía) es el Sagrario, para “saludar” al Señor y rezar unos momentos antes de la celebración. Imposible encontrarlo. Y no es que fuera precisamente una capillita de aldea, se trataba de una señora iglesia parroquial de un gran pueblo. No sé. Igual yo estaba despistado y no di con la reserva eucarística.

Luego entré en la sacristía. Me falta vocabulario para que os hagáis una idea. Era un desastre. No quiero resultar ofensivo, pero el párroco debía tener síndrome de Diógenes. Para llegar al armario y encontrar un alba y una estola (qué poco previsor soy por no llevarlas de casa) tuve que esquivar y pasar entre varios montones de muebles y objetos indeterminados a la par que veía cómo el suelo que pisaba tenía una capa de suciedad bastante considerable. Al abrir el armario me encontré con un montón de andrajos y tuve que escarbar un poco para encontrar algún alba cuya suciedad no pudiera descubrir la gente desde lejos. Me puse una estola de esas preconciliares contra la que nada tengo si no fuera porque sus arrugas hacían difícil llevarla un poco dignamente.

Entramos al templo sin genuflexión -pues no había sagrario- pero tampoco inclinación, ni beso al altar. Sobre éste, a cada lado, había un candelabro apagado, con seis velas sin estrenar cada uno. Había tres velas pequeñas de colores (rojo, amarillo y verde) encendidas en el centro. Tampoco ví crucifijo por ningún lado, aunque supongo que lo habría en el oscuro retablo del fondo. eso sí, había dos viacrucis en las paredes: uno que era de unas sencillas cruces numeradas y otro con imágenes. Sin ninguna correspondencia uno con otro.

La Eucaristía fue dialogada entre el párroco de aquel pueblo y yo. Esto no me pilló por sorpresa: es algo que suele pasar en los funerales. Yo, en Madrid, tengo la mala costumbre de parar la celebración y pedir a la gente -con educación y buen humor, eso sí- que al menos respondan “amén”, que no es tan complicado. Y explicar por qué. Aquí todo fue un “tú a tú”. Incluso fui yo quien tuvo que hacer las lecturas (él proclamó el Evangelio).

No habría pasado de ser algo tristemente normal si no fuera porque aquel párroco celebraba sin libros, de memoria, y se medioinventaba todo. Eso sí, lo cantaba todo y la celebración duró unos cincuenta minutos. Se me hizo terriblemente largo el sufrimiento de tantas “morcillas” litúrgicas. Era imposible seguirle. La “morcilla” más dolorosa fue la pseudoconsagración que contenía un glorioso “ésta es la sangre derramada por todos los seres humanos”.

El cáliz contenía restos de churretones de épocas mejores, y el copón era un gran contenedor de latón abollado, doblado y mugriento con unas pocas formas en el fondo y un montón de trocitos y migas de otras veces. Me pregunté cómo es que había allí restos de otras misas ¿acaso había puesto migas para comulgar? No quería pensar mal, pero mis sospechas se confirmaron después de dar la comunión (comulgaron unas dos personas de cuarenta que había). Las formas consagradas que sobraron no se llevaron a ningún lado: se dejaron donde estaban desde antes de empezar. A un lado del altar. Así que la pregunta que me hago es: ¿cuántas veces se había consagrado ese pan? Prefiero no pensarlo.
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En el funeral que estábamos celebrando, además, estaba presente el cuerpo del difunto (“funeral corpore insepulto), así que supuse que haríamos alguno de los gestos litúrgicos dispuestos para tales ocasiones. Sobre todo ese en el que se rocía el féretro con agua bendita para recordar que es el cuerpo de un bautizado, un cuerpo que ha sido templo del Espíritu Santo. Pero no. No se hizo nada. Parecía un mero elemento decorativo.

Y todo ello vivido a cuatro grados de temperatura exterior y unos dos en el interior de la iglesia. No exagero, por la noche empezó a nevar y por la mañana había ya cinco centímetros de nieve acumulada. Todos estábamos congelados. Había al lado del altar un gran cañón calefactor pero supongo que sólo se encendería el domingo por falta de dinero. Pero esto lo dudo porque después me enteré que el cura cobra 80 euros por funeral ¡¡80 euros!! Aunque él no lo pide, es la funeraria la que se lo da (quise investigar un poco). Desde luego tiene derecho a un estipendio, pero me parece un poco exagerado en vista de las circunstancias: tiene un salario como todo sacerdote. En Madrid, si se pide explícitamente el estipendio, asciende a 8 euros. No sé, igual es que por el norte el sueldo es más bajo y se necesita completar.

Qué mal lo he pasado. Bueno, sé que hay sufrimientos mayores, pero lo he vivido como una ofensa a Dios y a su Iglesia. Y con doble dolor porque era el entierro de mi abuelo. Espero no perder mucho el norte en mi recién empezada vida sacerdotal y no caer en esas cosas. Tengo claro que no soy nadie para cambiar la liturgia de la Iglesia y que quiero hacer siempre lo mejor para celebrar con dignidad y santidad los sacramentos. Que el Señor me ayude a ser fiel y a no ser motivo de escándalo, que me asista para no alejar a nadie de Él.

8 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Jos Collin dice:

    Lo que necesita este sacerdote, sin duda es más cariño y oración… Al menos, por allí habría que empezar…

    1. Abraham+ dice:

      ¡Desde luego! Y, bueno, reconozco que no sé las circunstancias, sólo he expuesto cómo he vivido aquello de lo que he sido testigo. A él no debo juzgarle.

  2. Barbara Thomas Ribes dice:

    Por desgracia, éste es sólo el botón de muestra que has conocido de primera mano al estar tú, sacerdote, en el funeral de tu abuelo y que los sentimientos son muy fuertes. Me pregunto cuántas situaciones parecidas han hecho “desertar” a la gente…Oraciones y con el Evangelio en la mano, corregir al que ha errado, con todo el cariño posible.

  3. Maria dice:

    Me da mucha pena leerlo y saber que no es un cuento, mucha pena

  4. 0_0

    Hace unos días leí un artículo de otro cura (te lo pondría aquí pero no lo encuentro) que decía más o menos lo siguiente: “En los ochenta despreciábamos la liturgia y hablábamos mucho de amor, de una forma grandilocuente y vaga. Pero, si no soy capaz de expresar mi amor ni siquiera en los pequeños gestos litúrgicos, ¿cómo pretendo amar de verdad?”

    1. Abraham+ dice:

      Ahí está la clave: la fe, la esperanza y el amor se expresan en la belleza de la liturgia (y en los ” lugares litúrgicos”, y en la vida, claro). Si la liturgia no expresa fe, es que ésta anda un poco mal.

  5. Que mal cuerpo me ha quedado Pater ¡Uf!

    No estaría mal que ese sacerdote leyese este post suyo, y a continuación este otro…
    http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=25434

    Que Dios le ayude en su ministerio.

  6. Pablo Ginés dice:

    Qué historia más triste; no soy muy maniático con los detalles litúrgicos, pero todo lo que comentas es grave, no son meros detalles; lo de las migas, un horror; lo de los 80 euros es inquietante… y luego, cuando al final dices que era tu abuelo, ya casi me saltan las lágrimas. Mi abuelo murió hace año y medio, hicimos el entierro en la iglesia románica de su pequeño pueblo castellano, con sencillez pero dignidad. Era un momento triste pero a la vez “todo encajaba”: se hacían las oraciones de la Iglesia, el pueblo estaba allí, él descansaba con los suyos y yo pensaba en generaciones y generaciones de parientes, y antes de monjes, que en esa Iglesia oraron sus penas y alegrías, bautizos y defunciones. Había una armonía del “así debe ser”.

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